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Ritos funerarios entre los mexicas

Cuando una persona moría en tierras lejanas y su cuerpo no podía ser recuperado se realizaba una representación del difunto hecha de madera, otate y papel amate.

2 julio, 2019/blog

Todas las culturas del mundo se han preocupado por preparar a sus seres queridos para su viaje final, aquel que nos alcanza cuando la muerte se nos presenta. Los mexicas, mal llamados aztecas, no eran la excepción. Recordemos que ellos vivían en un mundo donde la magia y la religión impregnaba todos los ámbitos cotidianos de su vida, desde la ceremonia para bendecir la milpa, hasta la entronización del gobernante, llamado Huey Tlahtoani, frente a la deidad patronal mexica, Huitzilopochtli. Para los nahuas, entre ellos los mexicas, la muerte no representaban el final sino una transición, un nuevo comienzo, por tal razón era importante realizar una gran cantidad de preparativos.

 

Representación de Mictlantecuhli, señor del Mictlan. Foto: INAH

Es importante mencionar que entre los nahuas del siglo XVI la cremación era la forma más común de disponer del cuerpo de un ser querido, existiendo algunas excepciones. La primera sería cuando una mujer moría dando a luz. Al dejar este mundo en dichas circunstancias, el cuerpo de las mujeres adquirían un status divino, por lo que guerreros jóvenes buscarían cercenarle un dedo de su mano izquierda para usarlo durante su primera batalla a manera de talismán para dotarlos de bravura y valentía. Los brujos llamados tlacatecolotl, hombres búho, no se conformaban con un dedo, ya que buscaban cercenarles el brazo izquierdo con el fin de potencializar su poder a través de magia y hechizos. Por esa razón las cihuateteo, mujeres divinas, eran enterradas en un templo especial bajo la vigilancia de sacerdotes para evitar la desecración de sus cuerpo. También eran enterrados aquellos reclamados por Tlaloc y las deidades de las aguas como Chalchiuhtlicue. Cuando alguien moría ahogado en las aguas de la laguna de Tezcuco emergiendo días después hinchado, con tonos azulados en su piel, sin ojos o lengua se pensaba que había sido reclamado por los tlaloques, los ayudantes de Tlaloc. Por lo que se tenía que llamar a los sacerdotes responsables de su culto para rescatar, manipular y preparar el cuerpo sacralizado por las deidades de la lluvia. En estos casos el cuerpo del difunto era pintado de color azul y se le colocaba detrás de su cabeza papel amate salpicado con chapopote. Se le colocaban representaciones hechas de madera o cerámica de los dioses de la lluvia, así como vasijas Tlaloc y máscaras de madera asociadas a las mismas deidades. Estos preparativos se realizaban para que fuera acogido con benevolencia en el Tlallocan, o paraíso siempre verde de Tlaloc. Cuando alguien moría de gota, hidropesía o alcanzado por un rayo también se entendía que la persona había sido reclamada por Tlaloc.

Fuera de los casos mencionados, todas las otras “muertes” que una persona podía tener implicaban que su cadáver sería incinerado. El primero paso de los rituales mortuorios sería lavar el cuerpo y el cabello con meticulosidad. Incluso se podía perfumar. Después, se le cortaría al difunto un mechón de cabello de la coronilla el cual sería colocado dentro de su urna funeraria con el pelo que se le cortó el día que nació, el cual iría acompañado de representaciones de los dioses a los que era afecto, así como las cenizas y huesos carbonizados después de haber sido quemados. Dentro de la urna también iría la famosa piedra verde que se le colocaría dentro de la boca del difunto, la cual se consideraba que sería su corazón en el más allá. No todas las personas tenían acceso a chalchihuites, jade, serpentina o turquesas, por lo que los plebeyos la sustituían por una pieza de obsidiana. Después de haber colocado el nuevo “corazón” el cuerpo del difunto sería envuelto en el petate donde dormía en vida, esto en el caso de los plebeyos que se dedicaban a la agricultura, caza y pesca. En el caso de los nobles y gobernantes su cuerpo se envolvía en las tilmas de fino algodón que usaron durante su vida. De acuerdo a los registros de Fray Diego Durán el cuerpo del Huey Tlahtoani Ahuizotl fue envuelto en 20 finas prendas de algodón bordado y decorado con plumas preciosas. También se podía vestir el cuerpo con los trajes de guerra, llamados tlahuiztli, así como con sus armas, rodelas y estandartes. Incluso por encima de las tilmas se colocaba una máscara de madera recubierta de un bello mosaico de turquesa que recreaban el rostro del fallecido. También se preparaba un perrito xolotitzcuintli color bermejo que sería sacrificado ya que sería el guía y el acompañante del difunto durante su travesía a través del inframundo. Entre los mexicas era importante tratar bien a los cánidos mientras uno vivía para que cuando uno muriera no fuera abandonado por ellos en el más allá, lo que implicaría vagar por la eternidad en uno de los nueves inframundos, nunca llegando al destino deseado. A estos animales se les degollaba con la punta de una flecha cuando se iniciaba la incineración del cadáver. Entre los plebeyos esta quema se realizaba en compañía de los familiares, amigos y posiblemente las autoridades del barrio o calpulli en el patio o terreno de cultivo del hogar. Cuando se trataba de los gobernantes el cuerpo se llevaba “en andas” a la plataforma circular llamada cuauhxicalco, ubicada al pie del grandioso Templo Mayor del recinto ceremonial de Tenochtitlán. En dicho lugar se colocaría el cuerpo envuelto del gobernante sobre haces de leña. Mientras el bulto funerario era exhibido por última ocasión, los sacerdotes mexicas extraían sacrificaban a esclavos extrayéndoles el corazón para que acompañaran al gobernante en su viaje al más allá. Algunos habrían sido traídos desde tierras lejanas por los gobernantes aliados, tributarios e incluso enemigos a manera de obsequios cuando visitaban Tenochtitlán para darle el último adios a su soberano. También eran sacrificados personas pertenecientes al círculo íntimo del gobernante, como su sacerdote de confianza, su enano, concubinas e incluso su bufón consentido, porque la risa no podía faltar en el más allá. Sus cuerpos eran arrojados en una segunda pira funeraria donde sería incinerados sobre el mismo cuauhxicalco. Se realizaban dos “fuegos” para que las cenizas “reales” no se mezclaran con las que pertenecían a sus acompañantes. Finalmente, ante la mirada de toda la población de Tenochtitlán congregada en la gran explanada, se encendía el fuego que en pocas horas consumiría el cuerpo del Huey Tlahtoani fallecido. Al tiempo que el humo de la gran pira funeraria ascendía a través de los 13 niveles celestes, sacerdotes entonaban “cantos de muerte” llamados miccacuicatl. Así transcurría la tarde, entre llantos, cenizas y una multitud que observaba como la muerte le llega a todos, no importando la cuna, el status o la condición.

La preparación del cuerpo de un difunto. Códice Florentino

Al siguiente día los sacerdotes recogían las cenizas, los huesos quemados y la piedra verde para colocarla dentro de la urna funeraria, la cual estaría expuesta en el lugar donde se llevó a cabo la incineración por cuatro días. De acuerdo a las palabras de Fray Bartolomé de las Casas durante esos cuatros días se recreaba “una figura de palo” que representaba al gobernante la cual acompañaba a la urna expuesta. Durante dicho periodo de tiempo se le ofrecían ofrendas y honras con flores, platillos culinarios y otros objetos, una o dos veces al día. Al cuarto día la urna era enterrada en la plataforma de Templo Mayor o en el mismo cuauhxicalco, siendo esta última una teoría propuesta por el arqueólogo Leonardo López Luján. Se acompañaba de ofrendas de corales, conchas, piedras verdes, papel amate, cráneos humanos, cuchillos votivos de pedernal, incluso animales sacrificados como águilas reales, lobos, jaguares y codornices. Ese mismo día se retomaban los sacrificios humanos, por lo que se mataban otros diez o quince esclavos, lo que se repetía veinte días después con cuatro o cinco y a los cuarenta dos o tres. Finalmente a los sesenta uno o dos esclavos y a los ochenta días diez.

Cremación de un gobernante mixteco

Finalmente, cuando una persona moría en tierras lejanas y su cuerpo no podía ser recuperado se realizaba una representación del difunto hecha de madera, otate y papel amate. Esta figura reemplazaría su cuerpo durante los ritos funerarios. La efigie sería incinerada en una gran pira funeraria acompañada de llantos, flores y danzas. Los familiares de los guerreros que habían partido a una provincia lejana por motivos bélicos, de los comerciantes llamados pochtecah, e incluso los humildes cargadores llamados tlamamah constantemente recurrían a esta práctica debido a la complicado que era trasladar el cuerpo de su familiar por cientos de kilómetros de distancia. A pesar que podían ser incinerados en el lugar donde había muerto, la ceremonia se repetía con el fin de dar a la familia la oportunidad de despedirse de su ser querido.

Representación de Mictlantecuhtli procedente de El Zapotal. Cultura totonaca.

Enrique Ortiz García

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