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Curanderos, magos y hechiceros entre los mexicas

Entre los nahuas del siglo XVI existieron muchos tipos de magos, siendo uno de los más importantes los titici, los curanderos de la época

11 June, 2019/blog

Tezcatlipoca, la deidad protectora de los hechiceros y adivinos entre los mexicas. Códice Borgia

En todas las sociedades humanas la magia ha estado presente para explicar fenómenos naturales, paranormales o religiosos. Los mexicas no fueron la excepción. De hecho podemos afirmar que su vida cotidiana estaba llena de magia: la ceremonia para bendecir las tierras de cultivo, los rituales para curar a una persona enferma, cuando se contrataba a un adivino para saber el futuro de un miembro de la familia, incluso la misma religión mexica estaba llena de elementos mágicos y sagrados. Entre los nahuas del siglo XVI existieron muchos tipos de magos, siendo uno de los más importantes los titici, los curanderos de la época que utilizaba una mezcla de procedimientos medicinales como la reducción de fracturas, emplastos para las heridas, ligar una extremidad envenedada por la mordedura o picadura de un insecto, hasta los procedimiento magico-religiosos. Recordemos que en aquellos tiempos cada enfermedad y parte del cuerpo estaban asociados con una deidad, por lo que si se tenía una enfermedad era porque a la respectiva deidad se le había hecho enojar o se había ignorado. Otra variante eran los tlaciuhqui, los adivinos que podían utilizar diferentes objetos para cumplir con su función, desde granos de máiz, jícaras llenas de agua, el movimientos de los astros y las estrellas, las vísceras de animales sacrificados como golondrinas y perros hasta de niños, quienes eran sacrificados y sus órganos analizados para saber si era buen momento para iniciar una campaña militar y para saber su desenlace. Algunos de estos brujos utilizaban sustancias con propiedades alucinógenas para contactar con lo divino, con los muertos y el más allá. Algunas sustancias que eran muy utilizadas por los adivinos era el peyote, ololiuhqui, toloache, tabaco y los hongos sagrados, conocidos como teonanácatl.

 

Entre los adivinos existían aquellos que sabían interpretar las nubes y los vientos y saber si la temporada futura sería propicia para los cultivos. A estos adivinos se les llamaba teciuhtlazqui, teciuhpeuhqui, “el que arroja el granizo” o “el que vence el granizo”. Pedro Ponce de Léon en el siglo XVI comenta que cuando veían venir nubes cargadas de granizo los teciuhtlazqui les soplaban al tiempo que movían violentamente su cabeza y el bastón que portaban, en el cual iba enroscada una serpiente viva. Al mismo tiempo se rezaban plegarias a Tlaloc y otras deidades de la lluvia, las cuales fueron sustituidas por los santos y las virgenes en tiempos coloniales. Remanentes de estas prácticas aún se puede observar en la sierra de Río Frío, al oriente de la Ciudad de México, donde grupos de graniceros, brujos del clima, realizan diferentes rituales en las montañas con el fin de alegar el granizo, las heladas, los vientos malignos y lograr que la cosecha sea propicia. En la actualidad uno aún puede encontrar ofrendas con alimentos, pájaros muertos, flores, velas y representaciones de santos en cuevas y cimas de las montañas de los alrededores de Coatlinchan, Tequexquinahuac, Texcoco y San Pablo Ixayoc por solo mencionar algunas poblaciones.

Un hechicero usa un brazo cercenado de una mujer muerta en parto a manera de talismán. Códice Florentino.

Otro adivino que conocemos en la actualidad gracias a la labor incansable de estudio y divulgación de Alfredo López Austin es el descrito por el erudito como “El que descubre las fuerzas contrarias” y al que las fuentes nombran como tlachixqui y tlaciuhqui, responsable de descubrir y evitar calamidades, tanto personales, como climatológicas. Su labor era importante para las sociedades ya que a través de sus consejos y conclusiones daba oportunos avisos para que se almacenaran granos y víveres, así como para tomar precauciones personales: evitar ciertos alimentos, no salir de casa cierto día, rezarle a dicha deidad para evitar su enojo, no tomar pulque entre otras. Es importante mencionar que los agoreros y adivinos eran contratados cotidianamente por las personas que vivían en Tenochtitlán, tanto plebeyos como por los nobles y gobernantes. De hecho sabemos que Motecuhzoma acudió a sus adivinos y hechiceros cuando recibió las primeras noticias sobre la llegada al Golfo de México de grandes casas flotantes repletas de hombres blancos barbados que montaban venados. Día y noche los adivinos trabajaron tratando de saber las intenciones de estos hombres que llegaron por el oriente. De acuerdo a las fuentes del siglo XVI, conforme se fueron acercando las huestes de Cortés a Tenochtitlán, el temor y la inseguridad de Motecuhzoma fueron creciendo llegando al punto de querer refugiarse en el más allá llamado Cincalco. Sus brujos le ofrecieron llevarlo hacía dicho lugar donde estaría seguro y no sufriría ningún daño. A este tipo de mago se le llamaba Paini, “el mensajero” y era capaz de moverse entre diferentes planos, así como comunicarse con los muertos.

Sin embargo, los hombres de magia que realmente eran temidos, e incluso odiados era los tlacatecoloh, cuyo nombre significa: hombre-tecolote. Estos hombres usaban la magia para beneficio propio y trabajaban en la clandestinidad ya que si eran denunciados y atrapados realizando alguno de sus hechizos eran ejecutados, esto de acuerdo a las ordenanzas dictadas por el Huey Tlahtoani de Tezcuco. De acuerdo a la descripción de Fray Bartolomé de las Casas estos eran hombres nocturnos, que andan de noche gimiendo y espantando a las personas. Existían dos formas de ser un tlacatecolotl, una a través de nacer con el don de la magia y la otra a través del aprendizaje. Para nacer con estos dones el niño tenía que tener alguna deformidad física, en una fecha asociada con Tezcatlipoca, señor de la magia y la noche, o manifestarse de alguna manera peculiar durante la infancia, el parto o cuando era nonatos, como por ejemplo desaparecer 4 veces durante el periodo el embarazo. En otras palabras, que la madre sintiera su vientre vacío y al poco tiempo nuevamente ocupado por le cuerpo de su hijo. Incluso después del nacimiento, cuando estos elegidos era niños mencionaba frases como “soy el conocedor del reino de los muertos, del cielo” que daban a conocer su destino. El segundo camino para volverse un hechicero forma era mucho más difícil ya que era a través de las enseñanzas de un tutor que manejara dichos poderes. Esto se daba entre las pocas familias que tenían una tradición de hechicería, donde los padres y los abuelos preparaban a los jóvenes en estas artes obscuras. Sus poderes se potencializaban en ciertos días, durante los cuales atacaban a sus víctimas, como los asociados con el 9 y sus respectivos múltiplos.

Dentro de los tlacatecoloh existían los hechiceros llamados temacpalitotique, quienes eran famosos por paralizar a sus víctimas, familias completas, dentro de sus casas. Durante dicho momento los temacpalitotique aprovechaban para robar, saquear y violar. Al final de su fechoría, y con la mayor calma del mundo, comían lo que la familia había preparado para cenar antes de huir.

Robo de una casa por parte de hechiceros de acuerdo al Códice Florentino.

Otros hechiceros, quienes también eran nahualli (nahuales), eran los mometzcopinque, hombres que se quitaban las piernas y las reemplazaban por las extremidades de guajolote, colocándose alas de petate con el fin de volar por las noches en búsqueda de la sangre de niños. Estos registros dan origen a la frase “se lo chupó la bruja”, cuando alguien muere o se enferma, sobre todo infantes, bajo circunstancias extrañas. Estos registros realizados hace poco más de 450 años siguen presentes entre las personas que creen que por las noches bolas de fuego aparecen en las montañas y cerros buscando atacar a los recién nacidos. Aún en estos días las personas las llaman brujas y las asocian con los guajolotes, animal totémico del señor de la noche desde tiempos antiguos: Tezcatlipoca. Incluso existen “recetas” para ahuyentarlas como colocar unas tijeras abiertas, así como colocar espejos en el cuarto del bebe. Cabe mencionar que yo mismo he visto estas bolas de fuego manifestarse en el llamado Cerro de las Promesas ubicado en Tezoyuca, Estado de México. ¿Será que estas manifestaciones son más reales de lo que pensamos?

Enrique Ortiz García

 

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